Hace unas semanas acudí al centro del doctor Enrique Fernández para hacerme una valoración estética. Estaba muy nerviosa. Durante la consulta hablamos con bastante naturalidad de distintos temas personales y en varias ocasiones salió que había sido madre el año pasado.
Tras la valoración me explicó los distintos tratamientos posibles: Sculptra, ácido hialuró...
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Hace unas semanas acudí al centro del doctor Enrique Fernández para hacerme una valoración estética. Estaba muy nerviosa. Durante la consulta hablamos con bastante naturalidad de distintos temas personales y en varias ocasiones salió que había sido madre el año pasado.
Tras la valoración me explicó los distintos tratamientos posibles: Sculptra, ácido hialurónico y botox. Me comentaron las contraindicaciones (lupus, ELA, etc.). Yo dejé claro que no quería botox y seguimos hablando de otras opciones. Finalmente me recomendaron empezar con Sculptra en tres sesiones. Nunca me había hecho ese tratamiento, pero confié en su criterio, firmé el consentimiento y procedimos.
Cuando terminamos, una de las chicas se quedó conmigo para explicarme los masajes faciales que tenía que hacerme los días siguientes. Mientras hablábamos, me preguntó por mi hija y le comenté que seguramente ya estaría esperándome para que le diera el pecho. En ese momento su cara cambió completamente y me dijo que no podía darle el pecho.
Al principio pensé que se refería a unas horas o a un día, algo puntual. Le pregunté cuánto tiempo y me dijo que tenía que consultarlo con el doctor. Cuando volvió, me dijo algo que todavía me cuesta escribir: que nunca más.
Lo que sentí en ese momento es muy difícil de explicar. Sentí que se me abría un agujero bajo los pies. Empecé a llorar, a temblar y acabé en un auténtico ataque de ansiedad dentro de la consulta. Nunca pensé que mi destete ocurriría así, ni yo, ni nadie. No me podía creer que nunca más daría el pecho a mi hija.
Al principio incluso me culpé por no haber preguntado antes, pero enseguida me di cuenta de que esa información debería habérmela dado el doctor antes del tratamiento, sobre todo teniendo en cuenta que durante la consulta habíamos hablado varias veces de mi maternidad.
Durante todo ese rato el doctor Enrique Fernández nunca apareció para darme ninguna explicación ni para ver cómo estaba. La chica que estaba conmigo hizo lo que pudo, me ofrecía agua e intentaba consolarme con frases como “dar biberón también es bonito”. Pero el doctor nunca salió a hablar conmigo.
Cuando conseguí tranquilizarme un poco, salí de la consulta y pasé por recepción, donde aboné el tratamiento. Bajé las escaleras que llevan al portal y en ese momento volví a derrumbarme y tuve otra crisis de ansiedad.
Al día siguiente escribí para confirmar la contraindicación y lo único que recibí fue un mensaje reenviado por WhatsApp. Nadie me llamó. Nadie me preguntó cómo estaba. Nadie hizo seguimiento ni del tratamiento ni de lo que había pasado.
He querido esperar varias semanas antes de escribir esta reseña, pensando que en algún momento el doctor tendría el gesto de llamarme para interesarse por lo ocurrido o al menos dar alguna explicación. Lamentablemente, esa llamada nunca llegó.
Puedo entender que todos cometemos errores. De verdad. Pero lo que no puedo entender es que, después de una situación así, el doctor nunca haya tenido el mínimo gesto humano de llamar o dar la cara.
Al final, más allá de lo estético, hablamos de personas. Y cuando alguien sale de tu consulta roto, llorando y con un ataque de ansiedad, lo mínimo que se espera de un profesional sanitario es empatía y responsabilidad. En mi caso, desgraciadamente, no hubo ninguna de las dos.
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